SUMÉRGETE. EL CAMBIO DEPENDE DE TI.


INTROSPECCIÓN 

A lo largo del último siglo se han sucedido enormes cambios sociales que han propiciado que nuestra sociedad esté cada día un paso más cerca de ser plenamente igualitaria, donde todas las personas puedan disfrutar de los mismos derechos, tengan las mismas obligaciones e idénticas oportunidades.

Estos grandes cambios son de la más variada naturaleza y origen, desde la abolición de la esclavitud hasta la reserva de plazas para personas con alguna discapacidad en los procesos de acceso a la función pública, pasando por la obtención del sufragio femenino, la finalización de la segregación racial o la igualdad de oportunidades y salarios entre hombres y mujeres.

Sin embargo, para que impere una plena igualdad en nuestra sociedad no es suficiente con grandes cambios normativos como los que he enumerado. Estos cambios tienen que servir como garantía de esta igualdad y como los cimientos sobre los que debe descansar la igualdad, pero por si solos no pueden conseguir el gran objetivo. La plena igualdad en una sociedad tiene que reposar sobre las pequeñas acciones y comportamientos de todos y cada una de las personas que la conforman.

Son los pequeños gestos de cada uno hacia los demás los que en su conjunto van a ser la verdadera roca angular de la igualdad. Evitar tratar a los demás según su condición, sexo o procedencia de una manera u otra; favorecer con tus decisiones a todos por igual sin importar su nombre o su raza y aprender a ver el fondo de la persona a la hora de emitir un juicio de valor sobre ella y no contentarse con juzgar la superficie son la clase de comportamientos que debemos procurar hacer nuestros en aras de aportar nuestro granito de arena por la igualdad en nuestra sociedad.

Esto es, lógicamente, aplicable a nuestro trabajo como empleados púbicos. En numerosas ocasiones nos veremos obligados en el ejercicio de nuestras funciones a emitir dictámenes o veredictos o tomar decisiones que afectarán de una forma u otra a terceras personas. Cuando esto nos ocurra debemos procurar siempre actuar de una manera imparcial, de una forma ajena a la persona a la que estemos afectando con nuestra acción, sin permitir que nos afecte o importe su nombre, sexo, raza o nacionalidad. Sólo actuando de esta manera podremos garantizar que nuestras acciones como empleados públicos lleguen a ser objetivas y ecuánimes, propiciando así una sociedad más igualitaria.

Desde nuestra posición de empleados públicos debe ser imperante obrar con total observancia a la Ley, sobre todo en aquellas ocasiones en las que una actuación u otra puede provocar desigualdad, puesto que desde el momento en que dejemos a nuestros prejuicios o pensamientos forma parte de nuestro proceso interno de toma de decisión, abriremos la puerta a la generación de desigualdad. Como empleados públicos nuestra máxima tiene que ser el pleno cumplimiento de la Ley, puesto que solo así garantizaremos tratar a todos los ciudadanos con justicia e igualdad.


Esta forma de actuar no debemos ceñirla tan sólo a nuestras funciones de cara al ciudadano sino también en toda aquella decisión o comportamiento que vaya a afectar a nuestros compañeros o subordinados. En ocasiones, según nuestro cargo, deberemos tomar decisiones que afecten a otros empleados públicos. En estos casos es preciso también que obremos con justicia y equidad, en aras de garantizar tratar a todos por igual. Es importante garantizar que ninguna decisión nuestra pueda generar injusticias o desigualdades en el seno de nuestro ambiente de trabajo. Un claro ejemplo puede darse a la hora de conceder un ascenso o de repartir las vacaciones o días libres. En casos como estos debe ser norma en primer lugar premiar los méritos y los esfuerzos de cada uno y garantizar usar el mismo criterio para todos, evitando así caer en “amiguismos” o “enchufes” que no son más que el mayor exponente de la desigualdad que nos podemos encontrar en nuestro día a día en nuestro trabajo.

Como hemos visto durante todo el curso, la igualdad no es sólo fruto de una determinada ley o normativa, sino que es un rasgo que debe tener nuestra sociedad en todo su esplendor. No podemos contentarnos con simplemente aceptar la existencia de leyes o normas que busquen eliminar las desigualdades, sino que debemos, con nuestros actos cotidianos y nuestro trabajo diario, propiciar que la plena igualdad sea de facto una realidad, un hecho, y no sólo una quimera o un objetivo a alcanzar. Para alcanzar esta plena igualdad es preciso que todos y cada uno pongamos de nuestra parte, nuestro grano de arena, en cada una de nuestras acciones para así, entre todos, conseguir vivir en una sociedad igualitaria, donde todos los ciudadanos tengamos los mismos derechos, deberes, obligaciones y oportunidades.





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